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OBSOLESCENCIA PROGRAMADA (CONCIENCIA SOCIAL)
Una de las reglas del mercado libre es la competencia entre proveedores de productos y servicios, de modo que mejoren las prestaciones de estos y favorezcan unos mejores precios para los consumidores ¿Pero qué ocurriría si se alcanzase un nivel de eficiencia tal que, adquiriendo una sola unidad o uso, el cliente en cuestión no tuviera la necesidad de repetir? Por extraño que parezca, también se puede morir de éxito. Evidentemente, ese o esos proveedores deberían de dedicarse a otra cosa porque por muy buen concepto que tuvieran de ellos sus clientes, estos dejarían de pasar por caja...
Eso es lo que debieron pensar los nueve mayores fabricantes de lámparas y bombillas mundiales cuando, en 1924, se reunieron en lo que sería conocido como el cártel de Phoebus. La idea era que en un plazo de 20 años, todas las bombillas del mercado tuvieran una duración máxima de 1.000 horas, ya que que se estaban fabricando algunos modelos cuya vida útil era muy superior, y cada vez más, lo que se traducía en una significativa disminución de las ventas. Este es considerado el primer acuerdo para lograr la caducidad adelantada de productos de consumo diario. Este concepto sería bautizado más tarde como obsolescencia programada, y aunque se tratase de un acuerdo reprobable desde un punto de vista ético, lo cierto es que lo que estaba en juego era el futuro de todas aquellas marcas, con todas sus consecuencias. Incluidos los miles de puestos de trabajo necesarios para la fabricación de sus productos.
Por aquella época, los fabricantes de automóviles sufrían el mismo problema, pero adoptaron una solución muy diferente. Su caso era distinto porque un automóvil no era un simple artículo de consumo diario. Era un símbolo de estatus social, así que los fabricantes optaron por la personalización de sus modelos ofreciendo diferentes prestaciones, colores y variantes decorativas. Cabe recordar que los primeros autos eran todos de color negro. Con esta fórmula lograron que los clientes cambiasen de vehículo antes de que estos quedasen inservibles.
Aunque con el tiempo se desarrollarían políticas de tipo antimonopolio que evitasen este tipo de acuerdos entre empresas, lo cierto es que estas prácticas, de forma más o menos encubierta, se han ido sucediendo durante las últimas décadas con cierta permisividad por parte de las autoridades. Después de todo, no solo estaban en juego los derechos de los consumidores, sino también millones de puestos de trabajo en todo el mundo.
Pero ¿qué ha cambiado en los últimos años? Vivimos en una aldea global donde la población ha crecido a un ritmo vertiginoso en los últimos años. Eso significa que cada vez se consumen más recursos, y no solo básicos. El equilibrio, regla fundamental que gobierna el universo (habrá quienes lo negarán afirmando que el universo es caótico debido a su entropía creciente) es una máxima que aplica a nuestras vidas, tanto social como individualmente. Todos y para todo, debemos buscar constantemente nuestro equilibrio, y no es tarea fácil. Menos, cuando las condiciones son cambiantes y además a un ritmo tan acelerado. Es por eso que las prácticas consumistas que hemos desarrollado en occidente durante buena parte del siglo XX y lo que llevamos de milenio, ahora son prácticas generalizadas en todo el mundo. Esto supone un problema traducido en escasez de algunos recursos, pero sobre todo en una generación de residuos de tal magnitud que compromete nuestro medio ambiente, algo vital para garantizar nuestro futuro.
Muchas veces, al adquirir un nuevo producto, artículo o servicio, lo hacemos de forma impulsiva. Nos dejamos llevar por el deseo de poseer lo último y más vanguardista, cuando en la mayoría de los casos ni siquiera hemos sido capaces de obtener un porcentaje significativo en el rendimiento de la versión anterior, que obra en nuestro poder. Por otro lado, y con la excusa de la concienciación ambiental, hay quienes han descubierto un filón y se han adaptado al perfil de los nuevos potenciales clientes. Nos venden los mismos "problemas" con diferentes etiquetas. Un claro ejemplo son los vehículos eléctricos, y lo más flagrante es que cuentan con el apoyo de las autoridades gubernamentales. Quizá haya llegado el momento de preguntarnos en qué mundo vivimos realmente...
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