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La constance. Une vertu sous-estimée.

Dans quelques jours sortira une nouvelle adaptation cinématographique de L’Odyssée d’Homère. Pourtant, je ne vais pas parler du film. À vrai dire, je ne sais même pas si j’irai le voir. Les adaptations d’auteur des grands classiques ne me séduisent guère. Ce qui m’intéresse réellement, c’est cette histoire qui continue d’émouvoir l’humanité près de trois mille ans après avoir été écrite. Nous vivons une époque fascinante. Jamais auparavant nous n’avons eu accès à autant d’informations, d’opportunités et de technologies. Pourtant, nous vivons aussi sous le règne de l’immédiateté. Nous voulons des résultats rapides, des réponses instantanées et des succès visibles. Tout semble se mesurer à la vitesse avec laquelle nous atteignons un objectif, en oubliant que les choses qui comptent vraiment obéissent rarement à ce rythme. Lorsque nous pensons à Ulysse — Odysseus dans la tradition grecque — nous nous souvenons généralement du héros capable de tromper le Cyclope, de survivre au chant de...

Domus Dei

 

Cuenta la historia que hace más de dos mil años, tres magos de Oriente —astrólogos, matemáticos y sacerdotes de la antigua Persia y Babilonia— siguieron la estela de una estrella que los condujo hasta un portal donde encontraron a un recién nacido. No existen pruebas concluyentes, pero aquel astro pudo haber sido la conjunción triple de Júpiter y Saturno, un fenómeno extraordinariamente raro que tuvo lugar en el año 7 a. C. Fue claramente visible en aquella región y, para aquellos sabios expertos en astrología, habría sido interpretable como el anuncio del nacimiento de un ser de naturaleza excepcional.

Por estas mismas fechas se produce otro acontecimiento de enorme simbolismo: el solsticio, de invierno en el hemisferio norte y de verano en el austral. Un momento en el que la luz alcanza su punto más bajo para comenzar de nuevo su ascenso. Un renacer.

Aquel niño, para los cristianos, era el Hijo de Dios. Para los musulmanes, un profeta. Pero… ¿existe Dios? Por fortuna vivimos en una época donde plantear esta pregunta no implica arriesgar la integridad. En mi caso, soy creyente; pero también soy consciente de que nuestra visión del mundo está condicionada por el entorno cultural. Si hubiera nacido en Nepal, tal vez habría crecido venerando a Buda. Si lo hubiese hecho en Arabia Saudí, habría sido educado en el Islam. Nací en España, y mi pensamiento se ha formado dentro del cristianismo. Aun así, tengo claro que, si existe lo divino, debe ser el mismo principio para todos, y tal idea me impide aceptar los dogmas de fe sin reflexión ni cuestionamiento previos.

Vivimos en un universo en expansión constante. Creemos que tuvo un comienzo, el Big Bang, pero desconocemos cúal será su final. Si la termodinámica se cumple hasta las últimas consecuencias, el cosmos alcanzará un estado de entropía máxima, donde toda interacción será imposible. Una muerte térmica. El máximo desorden posible. Pero si hubo un comienzo… ¿por qué no podría haber otro después de cada final? En la naturaleza todo es cíclico. ¿Por qué no también la formación del universo?

El entrelazamiento cuántico, demostrado experimentalmente, nos muestra que existen partículas que permanecen correlacionadas aunque estén separadas por años luz de distancia. ¿Sugiere esto algo? No podemos afirmarlo, pero sí podemos intuir que la realidad quizá sea más profunda que aquello que vemos. Si considerar la existencia de un principio divino parece fantasioso, también lo es imaginar un universo eterno que obedece leyes que nadie ha dictado y cuya razón última desconocemos por completo.

Para mí, fe y ciencia no se oponen. Se complementan, siempre que sepamos delimitarlas y evitar el dogmatismo. Y lo cierto es que, en estas fechas, religión, astronomía y física cuántica convergen de un modo especial. Si a ello añadimos que, por unos días, solemos dar lo mejor de nosotros mismos, quizá podamos añadir también la espiritualidad a esa ecuación.

¿No es eso algo maravilloso?

 


 

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