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¿Qué es el tiempo? ¿Variable discreta o diferencial?
Imaginemos una situación tantas veces repetida. Quedan apenas unos minutos para que termine el partido. Puede ser cualquier evento deportivo. Un partido de rugby, de baloncesto o de fútbol. Es indiferente. El marcador sonríe a un equipo por la mínima mientras condena al otro.
Para los aficionados del equipo que está ganando, cada segundo se eterniza mientras miran al cronómetro con una mezcla de ansiedad y alegría contenida, contando mentalmente, rogando que el tiempo avance.
Para los del equipo que pierde, en cambio, el tiempo se acelera como si se precipitase cuesta abajo; los minutos se desvanecen, como si alguien hubiera acelerado el mecanismo invisible que mueve las agujas del reloj.
Mientras, para un espectador neutral, el tiempo sigue siendo exactamente el mismo que en cualquier otro momento. Es evidente que la percepción es radicalmente distinta según la situación de quién vive el instante.
Pero ¿A qué se debe esto? No se trata de un fenómeno nuevo. Ya San Agustín, obispo y filósofo del siglo IV, en sus Confesiones se preguntaba:
“¿Qué es, pues, el tiempo? Si nadie me lo pregunta, lo sé; si quiero explicárselo al que me lo pregunta, no lo sé”.
Y quizá tuviera razón: lo intuimos, lo vivimos, todos tenemos consciencia de ello y sin embargo, apenas podemos definirlo.
Porque el tiempo que sentimos no es lineal ni objetivo: es un territorio moldeado por nuestras emociones, nuestros recuerdos y, cómo no, por nuestra edad. La edad es un factor clave a la hora de percibir el paso del tiempo.Cuando somos niños, un verano puede parecer eterno; de adultos en cambio, un año transcurre sin apenas darnos cuenta. La percepción temporal se distorsiona con la edad, y esto es porque cada año representa una porción cada vez más pequeña de nuestra vida, y porque cada vez acumulamos menos vivencias significativas que no hayamos repetido antes, menos sorpresas, menos momentos que dejen huella en la memoria. Lo rutinario se comprime; lo inesperado se expande. Para un niño que ha cumplido 10 años, dos de ellos representan el 20 % de toda su vida, mientras que para alguien que cumple 50 años, esa misma cantidad de tiempo apenas supone un 4 % de su historia. Por tanto, podemos afirmar que se trata de una alteración subjetiva de cómo experimentamos el paso del tiempo.
¿Podemos entonces revertir esta situación? Lo cierto es que sí, pero solo parcialmente, y la clave está en experimentar nuevas vivencias y situaciones. Hacer cosas diferentes, tratar de aprender nuevas habilidades y evitar la monotonía en la medida de lo posible. Incluso cosas repetitivas que debamos hacer por rutina, podemos modificarlas o alterar el orden de las mismas en su secuencia para evitar que los días pasen como si se tratase de una copia de los anteriores...
Pero lo mejor de todo es que esto sucede aquí, en la Tierra, donde podemos permitirnos tratar el tiempo como una variable discreta, hecha de días, horas y minutos que compartimos como una convención común.
Si pudiésemos viajar fuera, hasta otro planeta lejano con una gravedad muy diferente, las reglas cambian: allí el tiempo físico se curva, se estira o se comprime bajo la influencia de la gravedad y la velocidad, como predijo Albert Einstein.
En un planeta mucho más masivo que la Tierra, el tiempo avanzaría más lentamente para quien camina por su superficie que para quien lo observa desde el espacio. Una persona podría envejecer más despacio allí que aquí, y lo mismo ocurriría pero a la inversa, si la gravedad del nuevo planeta fuera mucho menor.
Así que quizá el tiempo no sea tan firme y uniforme como creemos.
Quizá sea, como sugería San Agustín, algo que solo existe mientras lo vivimos, y que cambia de forma según desde dónde —y desde cuándo— lo miremos.
Y mientras, seguimos cumpliendo años y haciéndonos cada vez más "veteranos" Por cierto, hoy también cumple años el gran Reinhold Messner a quien tuve el placer de conocer hace ya unos cuantos años...
¡Felicidades amigo!
Porque al fin y al cabo, el tiempo sigue corriendo, y nosotros con él.
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