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INGENIERÍA SOCIAL (PARTE I) OBEDIENCIA
En la primavera de 1961, un oficial alemán fue juzgado y sentenciado en Jerusalén a la pena capital por crímenes contra la humanidad. Se trataba de uno de los mayores organizadores del Holocausto y responsable de la logística y traslado en masa de los judios a los campos de exterminio nazis. Su nombre era Adolf Eichmann.
15 años antes, durante los procesos de Núremberg, las naciones aliadas juzgaron a más de una veintena de oficiales y funcionarios nazis igualmente acusados de crímenes contra la humanidad. Antes de terminar el juicio, varios de ellos se suicidaron. Otros fueron condenados a muerte y algunos ingresaron en prisión de por vida. Todos ellos se defendieron y justificaron alegando el principio de autoridad. Se limitaban a cumplir órdenes...
En Julio de 1963, un científico estadounidense, el profesor Stanley Milgram, comenzó un experimento con el que pretendía explicar cómo era posible que tantos ciudadanos alemanes y colaboradores nazis fueron capaces de participar de ese horror. Costaba entender como un porcentaje tan amplio de la población era capaz de colaborar con semejantes atrocidades.
El experimento consistía en lo siguiente. Se reclutaban de forma remunerada, parejas de voluntarios que no se conocían de nada. Todo con un contrato de consentimiento. Uno de ellos (1), se sometía a la autoridad de una tercera persona perteneciente a la organización responsable del estudio (Autoridad) , y el otro era introducido en una cabina y se le conectaban unas sondas (2) Esta persona debía responder a una serie de preguntas. Cada vez que fallaba una de ellas, el individuo (1) debía aplicarle una descarga eléctrica bajo la supervisión del responsable (Autoridad). Conforme el individuo (2) acumulaba fallos, el voltaje de la descarga aumentaba, por lo que tras varios errores, el castigo pasaba de ser desagradable a peligroso.
Lo que no sabía el individuo (1) era que (2) no recibía esas descargas. Todo era un engaño y (2) debía disimular gritando y suplicando que parase el experimento.
Sin embargo, (1) estaba convencido de que el dolor infligido era real, pero según lo firmado, él debía obedecer las órdenes de la autoridad, y estas siempre eran tajantes. Cada vez que (2) fallaba una pregunta debía recibir su castigo.
A partir de cierto número de fallos, el individuo (1) entraba en conflicto consigo mismo. Por un lado, la autoridad le exigía que hiciera daño a una persona a quien no conocía de nada, pero por otro, su conciencia le dictaba que eso debía parar.
El resultado del experimento fue desalentador. 2 de cada 3 personas eran capaces de continuar con el ensayo hasta el extremo, tan solo porque seguía ordenes de la autoridad. Tan solo un 30 % de los individuos objeto de estudio eran capaces de revelarse contra una autoridad que era injusta y cruel.
En 1974, Milgram publicó un artículo "Los peligros de la obediencia" donde escribiría:
"Los aspectos legales y filosóficos de la obediencia son de enorme importancia, pero dicen muy poco sobre cómo la mayoría de la gente se comporta en situaciones concretas. Monté un simple experimento en la Universidad de Yale para probar cuánto dolor infligiría un ciudadano corriente a otra persona simplemente porque se lo pedían para un experimento científico. La férrea autoridad se impuso a los fuertes imperativos morales de los sujetos (participantes) de lastimar a otros y, con los gritos de las víctimas sonando en los oídos de los sujetos (participantes), la autoridad subyugaba con mayor frecuencia. La extrema buena voluntad de los adultos de aceptar casi cualquier requerimiento ordenado por la autoridad constituye el principal descubrimiento del estudio"
Stanley Milgram. The Perils of Obedience (Los peligros de la obediencia. 1974)
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