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La constance. Une vertu sous-estimée.

Dans quelques jours sortira une nouvelle adaptation cinématographique de L’Odyssée d’Homère. Pourtant, je ne vais pas parler du film. À vrai dire, je ne sais même pas si j’irai le voir. Les adaptations d’auteur des grands classiques ne me séduisent guère. Ce qui m’intéresse réellement, c’est cette histoire qui continue d’émouvoir l’humanité près de trois mille ans après avoir été écrite. Nous vivons une époque fascinante. Jamais auparavant nous n’avons eu accès à autant d’informations, d’opportunités et de technologies. Pourtant, nous vivons aussi sous le règne de l’immédiateté. Nous voulons des résultats rapides, des réponses instantanées et des succès visibles. Tout semble se mesurer à la vitesse avec laquelle nous atteignons un objectif, en oubliant que les choses qui comptent vraiment obéissent rarement à ce rythme. Lorsque nous pensons à Ulysse — Odysseus dans la tradition grecque — nous nous souvenons généralement du héros capable de tromper le Cyclope, de survivre au chant de...

La constancia. Una virtud subestimada.

En unos días se estrenará una nueva adaptación cinematográfica de La Odisea de Homero. Pero no voy a hablar de la película. Ni siquiera sé si llegaré a verla. No me seducen las adaptaciones de autor de los clásicos. Lo que realmente me interesa es la historia que sigue emocionando a la humanidad casi tres mil años después de haber sido escrita.

Vivimos en una época fascinante. Nunca antes habíamos tenido acceso a tanta información, tantas oportunidades y tanta tecnología. Sin embargo, también vivimos bajo el imperio de la inmediatez. Queremos resultados rápidos, respuestas instantáneas y éxitos visibles. Todo parece medirse por la velocidad con la que llegamos a un objetivo, olvidando que las cosas verdaderamente importantes rara vez obedecen a ese ritmo.

Cuando pensamos en Odiseo —Ulises en la cultura romana— solemos recordar al héroe capaz de engañar al Cíclope, de sobrevivir al canto de las sirenas o de enfrentarse a Escila y Caribdis. Recordamos sus victorias. Recordamos a los vencedores y olvidamos a los perdedores. Sin embargo, creo que la verdadera grandeza de esa historia, el viaje de Odiseo, no reside en esas aventuras extraordinarias. Su grandeza se debe a que nunca abandonó el viaje.

Durante diez años sufrió pérdidas, errores, derrotas y retrasos. Poseía inteligencia y astucia, sin duda, pero ninguna de esas cualidades habría bastado sin una determinación inquebrantable para seguir avanzando. A veces con paso firme. Otras casi arrastrándose. Pero siempre en la misma dirección.

Y quizá ahí se encuentre la primera gran lección. Vivimos obsesionados con llegar, cuando en realidad nos estamos construyendo mientras caminamos. Pensamos que el objetivo es alcanzar Ítaca, terminar la carrera, crear una empresa, aprender un idioma o escribir un libro. Sin embargo, pocas veces nos preguntamos en quién nos estamos convirtiendo durante ese proceso.

Siglos después, Aristóteles desarrolló una idea que parece dialogar con Homero desde otra perspectiva. En la Ética a Nicómaco, sostiene que la excelencia no es un acto aislado, sino el resultado de los hábitos que cultivamos cada día. No nos convertimos en personas virtuosas por una gran decisión puntual, sino por miles de pequeñas decisiones repetidas con constancia. Esa reflexión me ha acompañado durante mucho tiempo.

Durante años confundí intensidad con progreso. Cuando tenía un buen día intentaba resolver en unas horas todo aquello que llevaba semanas pendiente. Colocaba cien ladrillos de golpe. Al terminar sentía la satisfacción del esfuerzo... y también el agotamiento, pero con frecuencia, al día siguiente no colocaba ninguno. Después llegaba otro día igual. Y otro más. Pero con el tiempo comprendí que una obra no se construye así. Se construye colocando un ladrillo cada día. Desde entonces, hay una idea que procuro recordar siempre:

La velocidad construye momentos; la constancia construye estructuras.

No significa renunciar a la velocidad. Todo lo contrario. Hay momentos en los que debemos acelerar, aprovechar el viento favorable y desplegar todas las velas. Pero incluso entonces la velocidad solo tiene sentido cuando existe una dirección clara. La velocidad sin rumbo genera movimiento. La constancia con propósito construye destinos.

Quizá por eso cada vez me interesan menos los grandes esfuerzos puntuales y más los sistemas que permiten avanzar de forma sostenible. Un idioma no se aprende en un fin de semana. Un carácter no se forma durante unas vacaciones. Una amistad profunda tampoco nace de una sola conversación. Todo aquello que realmente merece la pena necesita tiempo. Y ese tiempo nunca es tiempo perdido. Porque mientras creemos estar construyendo un proyecto, una empresa o un sueño, en realidad estamos construyendo algo mucho más importante: nuestra propia personalidad.

Al final de La Odisea, el protagonista regresa a Ítaca. Pero siempre me he preguntado si ese era realmente el final del viaje. Quizá la verdadera Odisea nunca consistió en volver a casa. Quizá consistía en llegar a ser la persona capaz de regresar.

Todos tenemos una Ítaca. Todos perseguimos objetivos que, en mayor o menor medida, dan sentido a nuestra vida. Sin embargo, el día que alcanzamos cualquiera de ellos, descubrimos una verdad inevitable: el resultado es solo un instante. Lo que permanece es la persona en la que nos hemos convertido durante el camino.

Después de todo, la vida es un viaje. Un trayecto donde tratamos de encontrar nuestro lugar. Nuestra Ítaca particular. Y para ello, debemos seguir nuestro propio camino, paso a paso.

 

    

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