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El Dios de Spinoza... y el cerebro que nos divide
Supuestamente, los seres humanos somos seres sociables. Además, vivimos en un mundo global, hiperconectado, con acceso casi ilimitado a la información, y sin embargo ¿Por qué la religión, la política o la identidad son temas que nos siguen dividiendo?
En el siglo XVII, un joven neerlandés de origen sefardita, Baruch Spinoza, con un planteamiento radical fue capaz de incomodar a cristianos, judíos y musulmanes. A todos a la vez, y por una idea. “Dios no es un ser separado del mundo, sino la propia realidad” (Deus sive Natura) Dios o la Naturaleza. Por tanto, Dios no pertenece a ninguna religión ni hace distinción entre pueblos, y además es, en esencia, el mismo para todos.
Cuatro siglos más tarde, el Nobel Santiago Ramón y Cajal, con sus estudios en neurociencia, aportó la clave para comprender por qué los seres humanos seguimos enfrentándonos.
El cerebro no es una masa uniforme, sino una red plástica de neuronas interconectadas, que se construye y moldea en función de las experiencias vividas. De alguna manera, podemos decir que no percibimos el mundo directamente tal cual es. Lo reconstruimos y moldeamos individualmente, mediante predicción y experiencia, en función de la cultura, el lenguaje y cada una de las situaciones que experimentamos.
Desde esa perspectiva, las religiones, la política, la moral o la identidad, pueden entenderse como sistemas de interpretación colectiva. No se trata de una realidad en sí misma, sino diferentes maneras de traducirla. Diferentes culturas. Distintas lenguas. Simbología adoptada que hace que veamos una superficie diferente cuando el fondo podría ser el mismo.
Aquí es donde la idea de Spinoza adquiere una nueva dimensión.
Si Dios, o la realidad última que rige las leyes del universo, es único e indiferente a nuestras categorías, entonces nuestras diferencias no están en él, sino en nosotros. En nuestras estructuras mentales, en nuestras interpretaciones.
Observo, no sin pena, cómo la sociedad actual está cada vez más dividida y polarizada, y es un fenómeno global. Cualquier excusa es buena para fomentar la división. Todo ello por aceptar dogmas sin cuestionarnos la naturaleza de los mismos.
Y es aquí donde entramos en otro debate. Las luchas de poder. La manipulación de la narrativa. Porque si nuestras diferencias surgen de nuestra manera de interpretar la realidad, entonces ¿quién controla el relato? ¿Y hasta qué punto define lo que creemos que es real?

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